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Crisis energética en Perú expone décadas de improvisación política y falta de planificación estatal

Crisis energética en Perú expone décadas de improvisación política y falta de planificación estatal

La dependencia de fuentes no renovables y la desconexión entre política y economía ponen al país al borde del colapso energético

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Perú enfrenta una de las crisis energéticas más severas de su historia reciente, y las causas no están en la naturaleza ni en factores externos imprevisibles: están en la propia estructura de un Estado que durante décadas ha separado peligrosamente las decisiones políticas de la planificación económica y técnica. El resultado es un escenario de fragilidad extrema que amenaza con golpear a millones de peruanos en su vida cotidiana.

Un problema que se cocinó a fuego lento

La crisis energética peruana no estalló de la noche a la mañana. Se trata de una bomba de tiempo que llevaba años gestándose, alimentada por la improvisación, la ausencia de una política energética de largo plazo y la rotación constante de funcionarios que nunca terminaron de entender —o de interesarse— en los desafíos técnicos del sector.

Según datos del Comité de Operación Económica del Sistema Interconectado Nacional (COES-SINAC), la demanda eléctrica en Perú ha crecido de manera sostenida en los últimos años, pero la inversión en nueva capacidad de generación no ha seguido el mismo ritmo. Las centrales hidroeléctricas, que históricamente han sido el pilar del sistema, dependen de un recurso cada vez más impredecible: el agua, afectada por el cambio climático y por fenómenos como El Niño.

A esto se suma una peligrosa dependencia del gas natural de Camisea, cuyo transporte y distribución presentan vulnerabilidades logísticas que ya han generado episodios de desabastecimiento parcial. Sin diversificación real de la matriz energética, cualquier falla en la cadena se convierte en una emergencia nacional.

Política y economía: un divorcio que cuesta caro

El análisis publicado por Caretas pone el dedo en la llaga al señalar que el principal problema de fondo es la desconexión estructural entre las decisiones políticas y las necesidades económicas y técnicas del país. En Perú, los ministerios de Energía y Minas han sido utilizados con demasiada frecuencia como moneda de cambio político, entregados a operadores partidarios sin experiencia técnica en el sector.

Esta dinámica ha impedido la continuidad de proyectos estratégicos. Planes de expansión energética que requerían décadas de implementación fueron abandonados o modificados cada vez que un nuevo gobierno —o un nuevo ministro— llegaba al cargo. La planificación fue reemplazada por la coyuntura, y la visión de largo plazo cedió ante las urgencias electorales.

La crisis energética no es un problema técnico que se resuelve con ingenieros: es un problema político que se origina cuando quienes toman las decisiones no entienden las consecuencias económicas de sus actos.

Esta reflexión, recogida por Caretas, resume con precisión el diagnóstico que especialistas del sector vienen planteando desde hace años. La separación artificial entre lo político y lo económico genera un vacío de responsabilidad donde nadie se hace cargo de las decisiones —o de la falta de ellas— hasta que la crisis estalla.

Las consecuencias ya se sienten en la calle

Para los peruanos de a pie, la crisis energética no es un debate abstracto. Se traduce en cortes de electricidad, tarifas en alza y una incertidumbre que afecta a hogares, pequeñas empresas e industrias por igual. En regiones como Ica, Arequipa y zonas del centro del país, los apagones han sido recurrentes en los últimos meses, generando pérdidas económicas significativas.

El sector industrial, que depende de un suministro eléctrico estable para operar, ya ha comenzado a sentir el impacto. Empresas del rubro manufacturero y agroindustrial reportan sobrecostos por la necesidad de recurrir a generadores propios, una solución temporal que encarece la producción y reduce la competitividad del país frente a sus vecinos de la región.

El impacto social también es considerable. En las zonas urbanas más vulnerables, donde las familias ya destinan un porcentaje elevado de sus ingresos al pago de servicios básicos, cualquier incremento tarifario representa un golpe directo a la economía del hogar.

¿Hay salida? Los desafíos pendientes

Los expertos coinciden en que Perú necesita con urgencia una política energética de Estado —no de gobierno— que trascienda los ciclos electorales y garantice la seguridad del suministro a mediano y largo plazo. Esto implica varias acciones concretas.

En primer lugar, diversificar la matriz energética de manera real, acelerando la incorporación de fuentes renovables como la solar y la eólica, en las que Perú tiene un enorme potencial desaprovechado. El país cuenta con niveles de radiación solar entre los más altos del mundo en su costa sur y sierra, pero la capacidad instalada de energía solar sigue siendo marginal.

En segundo lugar, es fundamental despolitizar la gestión del sector energético, asegurando que los cargos técnicos sean ocupados por profesionales con experiencia comprobada y que los planes de expansión no estén sujetos a los vaivenes de la política.

Finalmente, se requiere una inversión decidida en infraestructura de transmisión y distribución. De poco sirve generar más electricidad si las líneas de transmisión no tienen la capacidad de llevarla a donde se necesita. El déficit en este rubro es uno de los cuellos de botella más críticos del sistema.

Un partido que Perú no puede darse el lujo de perder

Si algo enseña esta crisis es que la energía no es un tema menor ni un asunto exclusivamente técnico: es la columna vertebral que sostiene toda la actividad económica y social de un país. Sin energía confiable y accesible, no hay crecimiento, no hay competitividad y no hay bienestar para la población.

Perú está jugando un partido crucial contra el tiempo. La improvisación ya demostró ser un rival imbatible cuando se le deja actuar sin oposición. Ahora toca cambiar de estrategia, pasar de la reacción a la planificación, y entender de una vez que política y economía no pueden seguir jugando en canchas separadas. El costo de ese divorcio ya lo están pagando millones de peruanos.