Parece un contrasentido, una paradoja que desafía toda lógica política y económica. Perú ha tenido ocho presidentes en apenas diez años, ha vivido vacancia tras vacancia, protestas masivas, un intento de golpe de Estado, disolución del Congreso y una inestabilidad institucional que haría temblar a cualquier nación. Sin embargo, su economía se mantiene en pie, crece y exhibe indicadores que muchos países de la región envidiarían. ¿Cómo es posible? ¿Cuál es el secreto detrás de esta resiliencia económica?
El origen de la tormenta política: desde Kuczynski hasta hoy
Todo comenzó a acelerarse desde el 2016, cuando el desencuentro entre el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski y el Congreso con mayoría de Fuerza Popular, el partido de Keiko Fujimori, encendió la mecha de una crisis política que no ha parado de escalar. PPK renunció en 2018 acorralado por escándalos de corrupción vinculados a Odebrecht. Martín Vizcarra asumió el mando, pero fue vacado en noviembre de 2020.
Luego vino Manuel Merino, cuyo breve paso por Palacio de Gobierno duró apenas cinco días en medio de protestas que dejaron muertos en las calles de Lima. Francisco Sagasti tomó la posta como presidente de transición. En 2021, Pedro Castillo ganó las elecciones en una segunda vuelta polarizante, y su gobierno fue un torbellino de ineptitud y escándalos que terminó con su autogolpe fallido en diciembre de 2022 y su posterior arresto. Dina Boluarte, su vicepresidenta, asumió el poder en medio de protestas que dejaron decenas de fallecidos en el sur del país.
Ocho presidentes, una democracia tambaleante y un Congreso con niveles de aprobación por el suelo. El panorama político es desolador. Pero la economía cuenta otra historia.
El blindaje macroeconómico: la fortaleza detrás del caos
La respuesta a esta aparente contradicción tiene nombre propio: institucionalidad económica. A diferencia de la fragilidad de sus instituciones políticas, Perú construyó durante las últimas tres décadas un andamiaje macroeconómico sólido que ha funcionado como un verdadero escudo protector.
El Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) es reconocido internacionalmente como uno de los bancos centrales más técnicos y autónomos de América Latina. Su manejo de la política monetaria, con un esquema de metas de inflación, ha mantenido la estabilidad de precios incluso en los momentos más turbulentos. La inflación cerró 2024 en niveles controlados, muy por debajo de los registros de vecinos como Argentina o Colombia.
Además, el Ministerio de Economía y Finanzas ha mantenido una disciplina fiscal que trasciende gobiernos. La deuda pública peruana ronda el 33% del PBI, una de las más bajas de la región. Las reservas internacionales superan los 70,000 millones de dólares, un colchón financiero que genera confianza en los mercados internacionales.
"El Perú tiene un piloto automático económico que funciona independientemente de quién ocupe la silla presidencial", señalan diversos analistas económicos al explicar este fenómeno.
Crecimiento que desafía la crisis: los números hablan
Los datos respaldan esta narrativa. Según cifras del INEI, la economía peruana creció 2.8% en 2024, recuperándose del tropiezo provocado por las protestas de inicios de 2023 y los efectos del fenómeno de El Niño. Para 2025, las proyecciones del FMI y del propio BCRP apuntan a un crecimiento cercano al 3%, impulsado por la minería, la agroindustria y la recuperación de la demanda interna.
La minería sigue siendo el motor principal. Perú es el segundo productor mundial de cobre y un actor clave en la producción de oro, zinc y plata. Los altos precios internacionales de los metales, especialmente del cobre —impulsado por la demanda de la transición energética global—, han sido un salvavidas para las arcas fiscales y las exportaciones.
La agroindustria también ha emergido como un sector estrella. Las exportaciones de arándanos, paltas y uvas han convertido al Perú en una potencia agroexportadora, diversificando la base productiva más allá de la dependencia minera tradicional.
¿Hasta cuándo puede durar esta resiliencia?
Sin embargo, los expertos advierten que este blindaje no es eterno. La inversión privada lleva años estancada, afectada precisamente por la incertidumbre política. Los grandes proyectos mineros como Tía María enfrentan trabas sociales y burocráticas. La informalidad laboral supera el 70%, lo que significa que el crecimiento económico no se traduce necesariamente en bienestar para la mayoría de peruanos.
La paradoja peruana tiene un lado oscuro: mientras los indicadores macro brillan, la pobreza afecta a más del 27% de la población, la infraestructura pública es deficiente y los servicios de salud y educación siguen siendo precarios. El crecimiento existe, pero su distribución es profundamente desigual.
"La economía peruana es como un auto que avanza con el motor funcionando bien, pero con el volante suelto y los frenos desgastados. Puede seguir andando, pero cualquier curva cerrada puede ser fatal", grafican economistas consultados por medios especializados.
El factor confianza: mercados que miran más allá de Palacio
Un elemento crucial es la percepción de los mercados financieros internacionales. Los inversionistas han aprendido a separar el ruido político peruano de los fundamentos económicos. El riesgo país de Perú se mantiene entre los más bajos de América Latina, y los bonos soberanos peruanos conservan grado de inversión por parte de las principales calificadoras de riesgo.
Esta confianza se sustenta en que, independientemente del presidente de turno, las reglas del juego económico no han cambiado drásticamente. No ha habido nacionalizaciones, controles de cambio ni políticas populistas radicales que alteren el modelo. La continuidad del marco macroeconómico ha sido el verdadero ancla de estabilidad.
La gran pregunta es si Perú podrá mantener este equilibrio precario. La crisis política no da señales de resolverse, y cada nuevo episodio de inestabilidad erosiona un poco más la confianza acumulada. La economía peruana ha demostrado una resiliencia admirable, pero necesita urgentemente que sus instituciones políticas estén a la altura de sus instituciones económicas. El reloj corre, y la paciencia de los mercados, aunque generosa, no es infinita.