Un accidente cerebrovascular (ACV) se produce cuando el flujo sanguíneo hacia una parte del cerebro se interrumpe, ya sea por la obstrucción de una arteria o por la ruptura de un vaso. La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que en 2021 esta patología fue la tercera causa mundial de muerte y discapacidad combinadas, con 11,9 millones de nuevos casos registrados ese año. Reconocer rápidamente los síntomas permite al paciente acceder a tratamientos especializados destinados a limitar el daño cerebral.
Señales de alerta según BE-FAST
La American Stroke Association utiliza la estrategia BE-FAST para identificar las principales señales de alarma, que incluyen caída facial en un lado, debilidad o adormecimiento en brazos o piernas, dificultad para hablar o comprender el lenguaje, pérdida de equilibrio y alteraciones repentinas de la visión. El Ministerio de Salud (Minsa) también identifica como signos críticos la parálisis súbita lateralizada, las alteraciones del habla, la dificultad para caminar, la ceguera repentina y los dolores de cabeza intensos.
Urgencia médica y tratamiento
No debe esperarse a comprobar si el paciente mejora; incluso si los síntomas desaparecen por completo, se requiere una evaluación inmediata. Mayo Clinic advierte que episodios transitorios pueden corresponder a un ataque isquémico transitorio (AIT), lo cual aumenta el riesgo de presentar posteriormente un ACV definitivo. En Perú, la institución sanitaria recomienda solicitar asistencia mediante la línea gratuita 106 del Servicio de Atención Móvil de Urgencia (SAMU). Es fundamental anotar la hora aproximada en que comenzaron los síntomas para influir en las decisiones médicas, como contamos en Alerta de la OMS sobre aumento global de casos de rabia.
Prevención y factores de riesgo
El tratamiento depende si el ACV es isquémico o hemorrágico, requiriendo estudios de imagen como tomografías. La hipertensión arterial se destaca como uno de los principales factores de riesgo modificables junto al tabaquismo, colesterol elevado y diabetes. Se estima que cerca del 90% de los casos podrían prevenirse mediante el control adecuado de estos hábitos y la realización de controles médicos periódicos.